jueves, 10 de septiembre de 2015

Andree

Hacía ya dos semanas que las lluvias y las tormentas habían parado. El sol había vuelto intenso. Después de comer todos se entregaban a la siesta, en cuartos oscurecidos por las persianas corridas.
Solo Andree se quedaba bajo la sombra de una palmera al  fondo del jardín.
Desde su cuarto lo vio dormido, tendido en la hamaca. Aprovechando su ausencia del granero, Amelia bajo apresurada y sin hacer ruidos entro despacito y cerró el portón. Con frecuencia se había aventurado a entrar con Andree a jugar interminables partidas de cartas. Sentados en una alfombra vieja y descolorida. Eran momentos maravillosos, como los que compartía con su madre, sus seres adorados. Pero ahora se encontrarse sola, en el lugar en que él vivía, dormia, soñaba, donde cada mueble había pasado a ser suyo, donde cada objeto había sido puesto allí por el, donde cada prenda llevaba impregnado su olor. Para ella el granero había pasado a ser una suerte de santuario.
Andree llego a sus vidas solo tres meses atrás, su madre lo contrato como chofer y jardinero. Desde que poso sus ojos en el, quedó prendada, sabiendo de antemano que el jamás podría poner sus ojos en ella, solo una niña, además fea.
Sabia la diferencia de la belleza, se lo habían hecho saber de muy pequeña, siempre escucho comentarios de oídas, “como pudo tener esa hija tan fea una mujer tan bella”
Lloro a solas en su cuarto, el dolor de ser discriminada, pero de a poco se fue acostumbrando, solo estallo su corazón nuevamente al conocer a Andree.
Él fue amable con ella, juguetón y compartían la playa, el mar en baños interminables, siempre como un hermano mayor.
Adentro del granero hacía un calor infernal, los postigos cerrados dejaban todo en penumbras. Poco  a poco vio su cama deshecha, las sabanas corridas, la ropa en el suelo, Amelia se movía en silencio, fue y se acostó en el hueco del cuerpo dibujado en la cama.
Se empapo de su olor y sintió emociones encontradas, se estremeció, eso sería el amor se preguntó.
Sentía su garganta seca, sentía el latir apresurado de su corazón, de pronto sintió voces acercándose, corrió rápido al ropero y se acurruco, como pudo, tratando de silenciar su respiración y jadeos.
Se envolvió en una camisa de Andree que se encontraba tirada en el ropero e hizo silencio. Las voces se acercaron, eran de Andre y una mujer. “Que calor es insoportable “exclamo el, una vos impaciente contesto, “me importa un rábano el calor, te quiero a vos dentro de mí.”
Amelia creyó morir, la voz de su madre…enronquecida desconocida, ella que siempre hablaba suave, tierna. El ruido de sus sandalias inconfundible, el taconeo firme, terminaron de convencerla, no era una pesadilla.
“Qué largo fue el almuerzo no terminaba nunca, me desesperaba por venir, pero Julián no  se dormía más. Por fin estoy aquí , sácate el short y sácame salvajemente la ropa, no importa que se rompa .. Jadeaba desesperada, mientras Andree iba lamiendo cada centímetro de su cuerpo.
Eran un remolino de carne envueltos en pasión. Amelia sintió morir su corazón, su madre, su ser adorado y Andree su amor. Suavemente fue saliendo del ropero, que miraba hacia el portón, no se dieron cuenta de su presencia. Eran solo ellos, lejos quedaban su padre y ella. Se fue alejando lentamente hacia la playa, a esta hora desierta, el mar, el elemento más compartido con Andree, ahora entendió que lo hacía para quedar bien con su madre.
Su cuerpo cubierto por la malla desteñida, temblaba, siguió hacia el horizonte.
Poco a poco su cuerpo fue cubierto por las olas, se dejó llevar abandonada.
Su mente  y su alma eran esencia que se iba, el mar se abrió para recibirla, llevándola a sus profundidades, donde moran todos los locos de amor….


Sonia Saavedra             21-03-2015

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