Andree
Hacía ya dos semanas que las lluvias y las tormentas
habían parado. El sol había vuelto intenso. Después de comer todos se
entregaban a la siesta, en cuartos oscurecidos por las persianas corridas.
Solo Andree se quedaba bajo la sombra de una palmera al fondo del jardín.
Desde su cuarto lo vio dormido, tendido en la hamaca.
Aprovechando su ausencia del granero, Amelia bajo apresurada y sin hacer ruidos
entro despacito y cerró el portón. Con frecuencia se había aventurado a entrar
con Andree a jugar interminables partidas de cartas. Sentados en una alfombra
vieja y descolorida. Eran momentos maravillosos, como los que compartía con su
madre, sus seres adorados. Pero ahora se encontrarse sola, en el lugar en que él
vivía, dormia, soñaba, donde cada mueble había pasado a ser suyo, donde cada
objeto había sido puesto allí por el, donde cada prenda llevaba impregnado su
olor. Para ella el granero había pasado a ser una suerte de santuario.
Andree llego a sus vidas solo tres meses atrás, su
madre lo contrato como chofer y jardinero. Desde que poso sus ojos en el, quedó
prendada, sabiendo de antemano que el jamás podría poner sus ojos en ella, solo
una niña, además fea.
Sabia la diferencia de la belleza, se lo habían hecho
saber de muy pequeña, siempre escucho comentarios de oídas, “como pudo tener
esa hija tan fea una mujer tan bella”
Lloro a solas en su cuarto, el dolor de ser
discriminada, pero de a poco se fue acostumbrando, solo estallo su corazón
nuevamente al conocer a Andree.
Él fue amable con ella, juguetón y compartían la
playa, el mar en baños interminables, siempre como un hermano mayor.
Adentro del granero hacía un calor infernal, los
postigos cerrados dejaban todo en penumbras. Poco a poco vio su cama deshecha, las sabanas corridas,
la ropa en el suelo, Amelia se movía en silencio, fue y se acostó en el hueco
del cuerpo dibujado en la cama.
Se empapo de su olor y sintió emociones encontradas,
se estremeció, eso sería el amor se preguntó.
Sentía su garganta seca, sentía el latir apresurado de
su corazón, de pronto sintió voces acercándose, corrió rápido al ropero y se
acurruco, como pudo, tratando de silenciar su respiración y jadeos.
Se envolvió en una camisa de Andree que se encontraba
tirada en el ropero e hizo silencio. Las voces se acercaron, eran de Andre y
una mujer. “Que calor es insoportable “exclamo el, una vos impaciente contesto,
“me importa un rábano el calor, te quiero a vos dentro de mí.”
Amelia creyó morir, la voz de su madre…enronquecida
desconocida, ella que siempre hablaba suave, tierna. El ruido de sus sandalias
inconfundible, el taconeo firme, terminaron de convencerla, no era una
pesadilla.
“Qué largo fue el almuerzo no terminaba nunca, me
desesperaba por venir, pero Julián no se
dormía más. Por fin estoy aquí , sácate el short y sácame salvajemente la ropa,
no importa que se rompa .. Jadeaba desesperada, mientras Andree iba lamiendo
cada centímetro de su cuerpo.
Eran un remolino de carne envueltos en pasión. Amelia
sintió morir su corazón, su madre, su ser adorado y Andree su amor. Suavemente
fue saliendo del ropero, que miraba hacia el portón, no se dieron cuenta de su
presencia. Eran solo ellos, lejos quedaban su padre y ella. Se fue alejando
lentamente hacia la playa, a esta hora desierta, el mar, el elemento más
compartido con Andree, ahora entendió que lo hacía para quedar bien con su
madre.
Su cuerpo cubierto por la malla desteñida, temblaba, siguió hacia el horizonte.
Su cuerpo cubierto por la malla desteñida, temblaba, siguió hacia el horizonte.
Poco a poco su cuerpo fue cubierto por las olas, se dejó
llevar abandonada.
Su mente y su
alma eran esencia que se iba, el mar se abrió para recibirla, llevándola a sus
profundidades, donde moran todos los locos de amor….
Sonia Saavedra 21-03-2015