miércoles, 2 de septiembre de 2015

1974….Dictadura…..

Viaje por pocos días al norte del país, para hacerme cargo de una propiedad y dejarla alquilada. Después de múltiples trámites había conseguido el pase para viajar.
Corría el año 1974, plena dictadura, camiones de militares  recorrían contantemente  la ruta. Se despedida el invierno, en la ciudad y el mar se podía saborear la brisa primaveral.
Pero eso era solamente en la naturaleza. En los corazones de los habitantes del país entero, brotaban lágrimas de sangre, que tenían que saber esconder en lo más profundo. Nunca se sabía dónde había un espía, un delator.
Me aloje donde unos amigos muy queridos, en su casa hablamos suave, con miedo, al anochecer el toque de queda debía ser respetado, en ello nos iba la vida.
Pensaba en lo feliz que trate de ser, a pesar de las circunstancias personales de mi vida, en esa bella ciudad.
Viví dos años gloriosos donde hice amistades entrañables. Yo  militaba en un partido de izquierda, era feliz, eso pensaba, un amigo argentino era el jefe de la célula en la que militaba.
Era un hombre de mediana edad, con una hermosa familia, la que se desangro el día del golpe de estado. A el lo capturaron y lo fusilaron con otros compañeros. A su mujer la mataron de un disparo después de hacer con ella todas las bajezas posibles  a un ser humano. Sus hijos pudieron huir con una tía y desaparecer para el mundo conocido.
A mí, me aviso media hora antes de que lo capturaran y pude huir de mi casa y esconderme donde mis amigos, que ahora visito.
Me salvo la vida, además de no pasar por todos los infiernos que hicieron vivir a miles de mujeres, los militares.
Mi nombre y el de toda la célula habían sido borrados por el argentino. Todavía lo recuerdo, siempre con su mate y su valija de herramientas, el arreglaba máquinas de coser caseras.
Fue una época diáfana y romántica, a pesar de las colas para el pan, la carne, los comestibles. Entre toda esa miseria humana, me daba tiempo para disfrutar el mar a diario, recorría a pie  30 a 40 cuadras por la costa, dejaba llevar mi imaginación, que ya quería relatar en papel lo vivido.
Así recordando, me despedí de mis amigos dejando la propiedad a su cuidado.
El bus que me llevaría de vuelta a la capital, estaba a punto de partir creí que viajaría sola, a último momento llego un señor a ocupar el lugar.
Era realmente un señor, de cabello entrecano, finos bigotes y mirada clara.
Se presentó como José De Sousa, capitán de un navío de comercio, atracado en Valparaíso esperándolo para partir. De entrada me cautivo su vos, su acento, poco entendí el por qué viajaba en bus, algo me dijo de no poder conseguir un pasaje de avión.
Y siguió hablando, dijo que le había impactado verme, porque era el vivo retrato de su esposa fallecida en Manila.
Aunque de más edad me dijo, ya que él me doblaba largamente en años.
Me conto que su esposa solía esperarlo en su casa de Tenerife Islas Canarias. La que estaba enclavada en lo alto de una colina, desde donde  de un balcón se divisa toda la costa y el mar.
Yo escuchaba anonadada, me parecía ver el lugar, con tal lujo de detalles lo relataba. Me conto que ella murió en un  parto prematuro, por una caída y él no se encontraba con ella, por lo cual no tenía hijos porque jamás había vuelto a llevar una mujer a su casa.
Escuche largamente sus aventuras en diversos mares y puertos, pero luego ,me dijo ahora tiene que contarme su historia,¿ que hace viajando en medio de un estado de sitio?. Todo esto en la semi penumbra del bus, ¿qué me movió a contar todo lo que hasta mis 23 años había vivido?
Seguramente el pensar que nunca más lo vería, solo eran unas veinte horas de viaje lo que compartiríamos.
Y le conté mi historia, en algunos instantes entre sollozos, en otra entre sonrisas, hable por más de tres horas seguidas. En un momento vi brillar lágrimas en sus ojos, siempre fue un señor, solo un suave apretón en mi mano, cuando termine de hablar.
Luego me hizo la más bella propuesta que he recibido en mi vida.
-¿Quiere venir a mi casa como mi esposa? Ya sé que soy  mayor que usted, solo será para que nos acompañemos, yo paso viajando la mayoría del tiempo, usted será la reina de mi casa y podrá hacer lo que quiera mientras yo no este.
Me quede muda y le sonreí entre lágrimas, gracias le dije, tratare en lo posible de ir con usted.
Me dio todos los detalles del barco que partiría dentro de tres días, llevó mi nombre y número de documento, para hacer todos los papeles.
Me esperaría dentro de dos días en la puerta de la Iglesia San Francisco, a las tres de la tarde.
Cuando llegamos a la terminal nos despedimos con un abrazo, yo creía firmemente, que lo esperaría en el lugar de la cita.
Pero después que se alejó, volví  a la realidad y no fui al encuentro.
Me he arrepentido mil  veces, deje pasar una oportunidad única.
Al mes de la fecha del fallido encuentro, llego a mi casa un paquete a mi nombre, era un libro de poemas de Lorca, poeta que le había dicho me gustaba mucho.
La dedicatoria me decía que me había esperado y que entendía que no hubiera ido, solo que él pensaba que había perdido nuevamente a su amada, que me recordaría cada día que le quedara de vida, me deseaba una vida luminosa y sobre todo, me dijo que rompiera mis cadenas.
Eso sí lo hice y por eso mismo, puedo hoy escribir estas líneas.


Sonia Saavedra               31-08-2015

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